Viva la magia de Oz en "Wicked", pero "Gladiator II" se queda lejos de los laureles
"Glicked" no será "Barbenheimer", pero cualquier excusa para tirarse una doble tanda un jueves de estreno siempre será más que bienvenida.
Por más que los estudios Universal Pictures y Paramount Pictures quisieran forzar una repetición del fenómeno de “Barbenheimer” -compuesto por el mega éxito tanto crítico como taquillero del estreno simultáneo de Barbie y Oppenheimer en julio de 2023-, la doble tanda de Gladiator II y Wicked (“Glicked”) no está a la misma altura. Y digo esto como alguien que insistió en ver back to back las dos películas que, juntas, suman más de cinco horas de duración. La realidad es que los estrenos de ayer no están parejos en términos de efectividad como los de Christopher Nolan y Greta Gerwig. Tampoco se complementan tan bien como el “plato principal” y el dulce postre. Uno es considerablemente mejor que el otro, o mejor dicho, uno me dejó hechizado, deseoso de ver más, mientras que el otro solo me provocó un sentido de Déjà Vu, y no solo por la presencia de Denzel Washington.
De poder ir para atrás y repetir el proceso, definitivamente intercambiaría el orden en que las vi. Debí empezar por Gladiator II, la secuela a la ganadora del Oscar a la mejor película del 2000, que no hace otra cosa que repetir acto por acto la estructura, los temas y prácticamente hasta el argumento de su predecesora. No soy de los que tiende a decir “¿quién pidió esta secuela?”, pero… ¿quién pidió ESTA secuela? No cualquier continuación, sino específicamente este refrito que incluso desde la secuencia de créditos -en la que la "I" en el medio de GLADIATOR se duplica para revelar el título- está fotocopiando la original.
El filme incluso sigue casi al pie de la letra el mismo tagline: “el general que se convirtió en esclavo; el esclavo que se convirtió en gladiador; el gladiador que desafió a un imperio”. El protagonista, “Hanno” -interpretado por Paul Mescal- no será un líder militar, pero en todo lo demás recorre el mismo camino vengativo de “Maximus” contra el Imperio Romano circa el año 200 d.C. Su esposa murió a manos del general “Marcus Acacius” (Pedro Pascal) y, tras ser comprado como un esclavo por otro carismático manejador de gladiadores (Oliver Reed, en el 2000; Denzel Washington, en el 2024), llega a Roma a desafiar, no a uno, sino a dos emperadores -igual o más dementes que “Commodus”- a través de sus barbáricos juegos en el Coliseo.
Ciertamente esta no sería la primera ni la última secuela que se conforma con reciclar la misma fórmula que funcionó la primera vez, pero el hecho de que el largometraje constantemente evoque musical, verbal y visualmente a Gladiator, solo sirve para recordarnos que ya existe una versión mejor de esta misma historia, y no la estamos viendo. Estamos viendo esta, y Mescal es un excelente actor (tan solo véanlo en Aftersun o la serie Normal People), pero Russell Crowe, no es. Y no es su culpa. El artista está más que bien en el rol, pero producciones de esta escala requieren de un tipo de bombástica presencia que no todo el mundo es capaz de proveer. Aquí, quien único llegó al set con esa fogosidad y comando escénico fue Washington. La cinta cobra vida cada vez que está en pantalla, y su arco dramático es el más cautivante del libreto. Lo mismo no se puede decir de Mescal, ni mucho menos del mega popular Pascal, en lo que sobresale como el peor casting de su célebre carrera, como un taciturno general sin personalidad que no aprovecha sus principales fortalezas histriónicas.
Dicho todo esto, Gladiator II no está exenta de menudos aciertos. Ridley Scott continúa siendo un absoluto maestro a la hora de dirigir secuencias de combate, y esta vez los efectos especiales están a la altura de su imponente visión. Roma jamás se había visto tan espectacular ni verosímil, particularmente el Coliseo, donde se desarrolla gran parte de la sangrienta acción. Mención aparte merecen los actores Joseph Quinn y Fred Hechinger, como los desquiciados emperadores gemelos “Geta” y “Caracalla”, quienes no tendrán tanto para hacer como Joaquin Phoenix 24 años atrás, pero ambos nos hacen sentir menos angustiados por nuestra tragicomedia actual, al recordarnos que los políticos siempre han sido igual de deplorables. Cuando uno de los dos nombra a un mono al puesto de cónsul de Roma, la milenaria brecha entre el pasado y el presente se cierra en un deprimente instante.
Wicked también refleja estremecedoramente nuestra tétrica realidad -sumergida en la división, la intolerancia, la persecución y la tiranía, entre otros perennes males de la condición humana-, pero al menos lo hace al son del canto y el baile. La efusiva adaptación del exitoso musical de Broadway es un irresistible deleite que me tomó totalmente por sorpresa. En retrospectiva, debí anticipar la facilidad con la que este filme me atraparía en sus verdes garras, pues desde niño he tenido una afinidad por el fantasioso mundo de Oz, al que estuve expuesto a través de una serie animada japonesa, la traumática e inolvidable secuela Return to Oz, y -por supuesto- el clásico de 1939, The Wizard of Oz.
Regresamos a la tierra del “Yellow Brick Road” al día siguiente de que la pequeña Dorothy echase un balde de agua sobre la malvada bruja del oeste. Los ciudadanos de Oz celebran la muerte de la mujer en compañía de la buena bruja “Glinda” (Ariana Grande), pero cuando una de las “munchkins” la increpa sobre la supuesta amistad entre ella y la recién fenecida hechicera, la joven no tiene más remedio que confesar que, en efecto, no solo fueron amigas, sino compañeras de cuarto en la universidad. A partir de ahí comienza un flashback de 150 minutos de duración -que cabe señalar es tan solo la primera parte de dos películas, detalle que Universal Pictures ha escondido de todo material publicitario- para conocer el pasado de la bruja, “Elphaba Thropp”.
Interpretada por Cynthia Erivo, “Elphaba” nació de piel verde, y desde niña ha sido víctima de prejuicios, comenzando por su padre. Su llegada a la Universidad de Shiz no fue para estudiar, sino para escoltar a su hermana menor, “Nessarose”, pero al accidentalmente exhibir sus mágicos poderes, captura la atención de la directora “Madame Morrible” (Michelle Yeoh), quien la toma bajo su ala como su aprendiz. Allí se cruza con “Galinda” (el cambio de nombre es eventualmente explicado), una joven pudiente e interesada, con quien desarrolla una contenciosa relación y, de esa desigualdad, surge la amistad que impulsa el resto de la trama.
El principal triunfo de Wicked recae en los hombros de su elenco, específicamente sus dos protagonistas, Erivo y Grande, y las actuaciones tan diferentes pero complementarias que ambas conjuran en pantalla. Erivo, en especial, es el corazón emocional de la película. Verla atravesar todas las altas y bajas que experimenta “Elphaba” a lo largo de la historia es lo que subraya el valor de este querido cuento, escrito originalmente por el autor Gregory Maguire en su novela homónima -publicada en el 1995-, que vira de cabeza todo lo que conocemos acerca de Oz, sus habitantes y su jerarquía de poder. La ganadora del premio Tony es una delicia auditiva cuando entona éxitos de la talla de “Defying Gravity”, pero su trabajo como actriz es aún más encomiable, y lo que se queda con uno tras los créditos finales.
Por su parte, Grande realiza una variación del personaje de “Elle Woods” en Legally Blonde -pero con una varita mágica-, como la superficial e ingenua “Glinda”, y es tan encantadora como se lee. El sentido del humor de la película se manifiesta principalmente a través de ella, e incluso cuando puede resultar un tanto irritante, nunca cae pesada. En segundo plano, cabe destacar la pequeña pero memorable aparición de Jonathan Bailey (Bridgerton), quien eleva la temperatura de la sala al menos 5 grados Fahrenheit cuando hace su entrada como “Fiyero”, el interés romántico en el trillado pero -supongo que- necesario triángulo amoroso.
Si bien es cierto que Wicked es innecesariamente extensa (el musical entero tiende a durar 10 minutos menos que esta primera parte), la cinta avanza a buen ritmo y rara vez se siente inflada. El director Jon M. Chu realiza un muy buen trabajo con los números musicales, algo que no debe sorprender a quienes hayan visto In the Heights, independientemente de las insuficiencias de ese filme, que recaen más en el material original de Lin Manuel Miranda. Aquí, Chu intenta emular las viejas producciones de Hollywood con tecnología nueva, que aunque depende mucho de lo digital, no deja de recurrir a los elaborados sets, los vestuarios y un ejército de bailarines para poner a vibrar la pantalla.
Y sí, la realidad es que esto es solo Wicked: Part 1, y el intermedio será de un año, pues la segunda parte no llegará al cine hasta noviembre del año entrante. Sin embargo, esto no significa que la película que hoy pueden ver en los cines es una experiencia a medias, y el “To Be Continued” con el que se despide al final, más que una fastidiosa pausa, lo que indica es una promesa.