"Toy Story 5" se siente como una elegía
La franquicia insignia de Pixar lucha por mantenerse relevante en un mundo cada vez más subordinado a la tecnología.
“Woody”, “Buzz”, “Jesse” y el resto de la ganga de Toy Story están de vuelta, y con ellos su eterna lucha contra la obsolescencia. Nadie quiere quedarse atrás. A nadie le atrae la idea de pasar al olvido, pero hacia allá nos dirigimos, tanto humanos como juguetes. Esa es la que hay.
En el filme original de 1995, el miedo provenía de adentro, una lucha civil entre lo anticuado y lo moderno, con un viejo vaquero en un extremo, y un nuevo astronauta en el otro. Toy Story 2 y 3 exteriorizó ese temor y lo transformó en uno con el que muchos padres nos podíamos identificar, al ver a nuestros hijos crecer y hacernos cada vez menos relevantes en sus vidas, añorando aquellos años cuando nos rogaban jugar con ellos. Y esa, también, es la que hay.
Debió terminar ahí. Habría sido un final agridulce, pero perfecto y -sobre todo- genuino. Una de las mejores trilogías en la historia del cine. Disney, pues... responde a otros intereses, y Pixar ya hace bastante tiempo que dejó de ser aquel estudio infalible cuyo nombre era digno de mencionarse en la misma oración que. Studio Ghibli.
Siete años después de la cuarta entrega -innecesaria, pero un digno epílogo- llega Toy Story 5 como algo que uno encontraría en una tienda de antigüedades, un juguete heredado de una generación pasada. Su apariencia es contemporánea. Nadie le quita que es visualmente asombrosa, con un estilo de animación que gravita entre la más impecable persecución del fotorrealismo, y preciosas secuencias más pictóricas en las que abundan las texturas del arte plástico, como la tiza, las crayolas y acuarelas.
Sin embargo, debajo de su espléndida y colorida corteza, no se alcanza a sentir el pulso del característico corazón que late dentro de las mejores producciones de Pixar. El fantástico sentido del humor que ha distinguido a la serie por más de 30 años también brilla mayormente por su ausencia, pero considerando el terror existencial que impulsa la trama, esta falta resulta más entendible.
Porque “Woody” y sus amigos habrán sentido la partida de “Andy” cuando el niño creció y ya no los necesitaba, pero siempre podían confiar en que habría más niños y niñas que querrían jugar con ellos. Toy Story 5 parte de la certera premisa de que ese ya no es el status quo, y que hoy las pantallas han conquistado un área considerable del terreno de juego que por tanto tiempo le perteneció a las muñecas y los carritos, amenaza real a la que el filme le da vida antropomórficamente a través del personaje de “Lilypad”, una tableta digital que secuestra la atención de la pequeña “Bonnie”, la actual dueña de los queridísimos juguetes.
Justo en tiempos cuando las mega empresas tecnológicas representan un peligro real a nuestro futuro -laboral, político, ambiental-, el libreto de McKenna Harris y Andrew Stanton (quien también funge como director) se acobarda a la hora de tomar una postura clara en torno a la tecnología, específicamente cómo esta afecta nocivamente tanto el desarrollo como las interacciones sociales entre los menores de edad. Empieza enseñándonos cuartos llenos de niños con ojos que no pestañean pegados a las pantallas, sus rostros cautivos e inexpresivos, incapaces de socializar entre sí, y acaba con un ingenuo argumento a favor de la armonía entre lo digital y lo análogo, porque por supuesto que Disney va a vender su propio “Lilypad”. No puede acabar como la villana de la película.
A esto se le suma que el largometraje recorre muchos lugares comunes dentro de la franquicia que ya fueron explorados memorablemente en las entregas anteriores: el trauma de “Jesse” tras su abandono, la “vejez” de “Woody”, la comedia a cuenta de “Buzz” y cómo viene programado de fábrica para creerse el cuento de que es un guardián espacial (aquí tenemos un escuadrón completo de clones reciclando el chiste). Incluso la premisa misma es un refrito dentro de la filmografía, no solo de Pixar, sino del propio Andrew Stanton, quien ya nos enseñó el resultado de una civilización esclava de la tecnología en su obra maestra, la extraordinaria Wall-E.
¿Recuerdan cuando de niños recibían un regalo de navidad o cumpleaños y al abrirlo se topaban con que les obsequiaron un juguete repetido? ¿Se acuerdan de aquel sentido de decepción? Eso es Toy Story 5. No es un rotundo fracaso. No es una película de Illumination ni nada similar. Como propuesta de cine comercial infantil, ciertamente las hay peores. Funciona por intermitencias, y el encanto de los personajes es difícil de resistir, aun cuando muchos de los veteranos favoritos (como “Hamm”, “Rex” y “Mr. Potato Head”) quedan marginados. Es solo cuando se observa dentro del marco de sus célebres predecesoras que se ve opacada por su imponente sombra.
Pero sí es la primera secuela que se siente arcaica, fuera de tiempo, y un tanto cegada por la nostalgia. Producto de un pasado no tan lejano al que sirve de elegía.



